17 de marzo

Mañana arranco con los talleres en la facu. Siempre, desde hace muchos años, la cátedra propone una primera actividad para romper el hielo y ayudar a los alumnos a pensar en su relación con la lectura. Verse a sí mismos leyendo. Parece simple. Más en el marco de una carrera como Comunicación Social. Si querés ser comunicador social, tenés que leer. Te tiene que gustar leer. Tenés que haber leído y estar dispuesto a leer y seguir leyendo desde hoy hasta la eternidad. Pienso en la cara de los alumnos en este mismo instante, ¿estaré firmando una sentencia de muerte? ¿abandonarán el aula ipso facto si no se sintieran identificados con este mandato, que no es ninguna broma (vale aclarar)? De verdad creo que para ser comunicador social te tiene que gustar la lectura. Lo bueno es que no tiene que gustarte desde siempre, que puede empezar a gustarte a partir de hoy. Desde ahora.  Y que no tiene que gustarte todo. Que ni siquiera tiene que gustarte lo mismo que te gustaba el año pasado. (más…)

Publicado en on marzo 17, 2011 at 11:30 pm  Comentarios (4)  

4 de marzo

A veces la felicidad da vértigo. Hoy me siento feliz. Eufórica. Hace una semana que vengo cruzando los dedos para la seño de J., que empezó primer grado, se le ocurra pedirnos Caramelos de Coco y Dulce como libro de texto para trabajar este año. Lo deseaba porque en las páginas 60 y 61 hay un cuento mío. Sí, un cuento mío. Completo. Con actividades de comprensión para que los chicos charlen sobre lo leído. Con mi nombre al pie, mi nombre enterito y largo porque cuando lo publicaron todavía no se me había ocurrido eso de llamarme Sol. Sol a secas. Sol porque me hace recordar a mi infancia y cuando escribo para chicos necesariamente vuelvo a la infancia. Sol porque es más fácil de recordar, más cortito, menos antipático que Soledad que siempre suena a tristeza y desolación. La cuestión es que J. este año llegará un buen día a la página 60. Leerá mi nombre en la 61 y podrá decir “Esta es mi mamá”. Y fue ahí, precisamente en ese pensamiento cuando me dio vértigo. Como si me hubiera tirado desde un quinto piso, esa sensación de que está bueno ir muy rápido pero da miedo hacerse torta en un segundo. Y se me vienen todos los logros juntos: el Guerreros que pasó sin pena ni gloria y que fue recibido con bastante desconfianza, pero fue el primero. El primer sí que tuve. Mi primer Frankestein que monstruoso y todo sigue siendo mío, sigue siendo grande y especial, y me sigue dando orgullo. Y ahora Gran Aldea, mi segundo sí. Lindo y colorido. Con sesión de fotos y todo. Compartiendo cartel con autores que admiro. Ilustrado por quien ilustró una vez a esa mujer que me animó al disparate, que sigue siendo escuela y extrañamos todos desde hace casi dos meses, dos meses dentro de seis días.  Y ese otro notición enorme que me tuvo como volando la mitad del verano, del que no puedo hablar aunque quiero gritarlo, pintarlo con resaltador. Y ahora Olivia en el manual y no en cualquier manual: el que usará J. este año, con el que aprendería a leer si es que no fuera que ya sabe leer porque el peque me salió bochito, tan inteligente es. Vértigo, carajo. Vértigo. Puro vértigo. Y qué bien se siente, a pesar del miedo.

Publicado en on marzo 5, 2011 at 2:39 am  Dejar un comentario  

Miércoles 23 de febrero

Cuando era chica, como casi todas las chicas, escribía en un diario con candado. Entonces no se me ocurría ventilar mi intimidad por ahí. No como ahora, que acabo de abrir esta bitácora y que, encima, la linkeé a mi blog.  Para que la lea todo el mundo. Literalmente todo el mundo, aunque no creo que a nadie en el mundo le interese demasiado lo que yo quiera decir. Estoy tratando de escribir una biografía sobre mí. Una autobiografía, claro. No una biografía de esas que salen en los libros:  no tengo una vida tan interesante, no. Una biografía que me piden en la editorial Gran Aldea para incluir en el apéndice de un libro para niños que están por publicarme. Tiene que estar en primera persona y ser amigable para los chicos. Tengo que contar quién soy, quién fui, cómo llegué aquí en 800 caracteres. Y cuesta eso. Porque pienso en mi infancia (que ahí es donde empieza necesariamente todo) y no puedo contar mi infancia en tan pocos caracteres. El primer borrador que me salió fue este:    

Recuerdo tres momentos, repetidos incontables veces en mi infancia, que vuelven a mí mucho y seguido. El primero: mamá leyéndonos Mujercitas y yo soñando con ser Josephine March. El segundo: yo misma editando mi “Solecosas”, una revista con juegos, cuentos y poesía que copiaba especialmente para cada una de mis compañeras del colegio: era una copista, como los primeros editores de este mundo. El tercero: la abuela hablándome de Rojas, su  extrañado pueblo de la infancia. Recuerdo su voz emocionada, su mirada ausente, la tristeza alegre de sus ojos al contarme aquello, y la revelación que tuve entonces: la vida duele menos cuando podemos contarla.

Los tres momentos vuelven a mí cuando me desanimo, cuando por algún motivo me parece que yo no debería escribir. Vuelven para recodarme cuál es mi camino, cuánto quiero esto y, sobre todo, ¡cómo me gusta escribir! (más…)

Publicado en on febrero 23, 2011 at 5:59 pm  Dejar un comentario  
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