6 de septiembre, 2012

De pronto la calle se llena de ruido. El motor de un camión, miles de pasos, gritos eufóricos y risas. Ni llego a asomarme a la ventana: tocan el timbre.

Es el intendente de Ituzaingó, Alberto Daniel Descalzo. Me mira infllado de orgullo, me dice:

–¡Ituzaingó se planta, vecina! –Y entonces  veo los árboles. Y las cámaras. Y las filmadoras. Y los micrófonos. Las veinte o treinta personas que acompañan con banderas la ceremonia que tendrá lugar en la puerta de mi casa. Me dan un folleto: que el tornado del 4 de abril, que volveremos, que “un lugar para vivir”.

El secretario de infraestructura se presenta (“Pablo”). Me da la mano. Prenden la cámara. La luz me da en la cara.

–El presente certificado –me dice Delcalzo sin mirarme– se extiende como testimonio…

Una chica, periodista supongo, habla después:

–¿Quiere decir algo, vecina?

Pregunto por el enorme tronco que nunca sacaron. Porque en mi barrio quedaron, cada diez pasos, las raíces de esos árboles añosos que alguna vez supieron ser Ituzaingó. Son como cicatrices del tornado.

El intendente, entonces sí, me mira a los ojos:

–En la siguiente etapa. Ahora plantamos los árboles, después vendrá una máquina para sacar de raíz los viejos,¡lo que sea que haya quedado!

–Hay más de 3000 para sacar en todo el distrito –apunta  Pablo. Querría preguntarle por qué no empezaron por ahí, pero me callo.

–¿Y cuando saquen el tronco, se mantendrá en pie el nuevo árbol? –. Y esto sí lo digo en voz alta.

–Quédese tranquila, vecina. Estamos trabajando.

Apagan la cámara. Se acerca Mónica, que vive a dos casas,  y pregunta por qué se inundan las calles. Todavía.

–El problema está en Morón– dice Descalzo, y comienza a alejarse.

Y otro vecino:

–¿Y el agua corriente? ¡Hicieron la conexión dos veces y sin embargo…!

–Estamos trabajando –vuelve a recordarnos Pablo. Y se alejan del todo.

Justo suena el teléfono. Entro a casa. Habré tardado, no sé, veinte minutos, en volver a salir.

Todo es silencio. Ni cámaras, ni filmadoras, ni micrófonos, ni motores, ni gente. Ni siquiera vecinos. Y entonces vuelvo a mirar el certificado: soy madrina responsable del árbol plantado.  Cambio la actitud: después de todo, ¡son tan lindos los jacarandá!

Antes de conmoverme veo  el enorme tronco del Paraíso que se nos cayó aquel fatídico 4 de abril, como una cicatriz perenne y gritona. Solo: lo veo, solo. Al pequeño ahijado, según parece, se lo llevaron: me quedó la tierra revuelta y el recuerdo del pasto que hasta hace unas horas estaba allí. Y la vereda sucia de barro. No entiendo por qué lo sacaron: dejaron muchos otros en mi cuadra. También junto a raíces gigantescas que (sospecho) nadie se llevará.

Una vecina asoma desde la esquina:

–¡Me dijeron que saliste en la tele, Sol!

Y también en el periódico local, podría decirle. Con mi certificado de madrina y mi sonrisa incrédula. Y el árbol que ya no existe de fondo. Pero me callo: tengo que ir a buscar a los chicos al cole.  Además, ya se encargarán los otros (los de siempre)  de contar cómo son –en realidad–  las cosas.

 

 

Published in: on septiembre 6, 2012 at 7:06 pm  Comments (4)  
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17 de marzo

Mañana arranco con los talleres en la facu. Siempre, desde hace muchos años, la cátedra propone una primera actividad para romper el hielo y ayudar a los alumnos a pensar en su relación con la lectura. Verse a sí mismos leyendo. Parece simple. Más en el marco de una carrera como Comunicación Social. Si querés ser comunicador social, tenés que leer. Te tiene que gustar leer. Tenés que haber leído y estar dispuesto a leer y seguir leyendo desde hoy hasta la eternidad. Pienso en la cara de los alumnos en este mismo instante, ¿estaré firmando una sentencia de muerte? ¿abandonarán el aula ipso facto si no se sintieran identificados con este mandato, que no es ninguna broma (vale aclarar)? De verdad creo que para ser comunicador social te tiene que gustar la lectura. Lo bueno es que no tiene que gustarte desde siempre, que puede empezar a gustarte a partir de hoy. Desde ahora.  Y que no tiene que gustarte todo. Que ni siquiera tiene que gustarte lo mismo que te gustaba el año pasado. (más…)

Published in: on marzo 17, 2011 at 11:30 pm  Comments (4)  

4 de marzo

A veces la felicidad da vértigo. Hoy me siento feliz. Eufórica. Hace una semana que vengo cruzando los dedos para la seño de J., que empezó primer grado, se le ocurra pedirnos Caramelos de Coco y Dulce como libro de texto para trabajar este año. Lo deseaba porque en las páginas 60 y 61 hay un cuento mío. Sí, un cuento mío. Completo. Con actividades de comprensión para que los chicos charlen sobre lo leído. Con mi nombre al pie, mi nombre enterito y largo porque cuando lo publicaron todavía no se me había ocurrido eso de llamarme Sol. Sol a secas. Sol porque me hace recordar a mi infancia y cuando escribo para chicos necesariamente vuelvo a la infancia. Sol porque es más fácil de recordar, más cortito, menos antipático que Soledad que siempre suena a tristeza y desolación. La cuestión es que J. este año llegará un buen día a la página 60. Leerá mi nombre en la 61 y podrá decir “Esta es mi mamá”. Y fue ahí, precisamente en ese pensamiento cuando me dio vértigo. Como si me hubiera tirado desde un quinto piso, esa sensación de que está bueno ir muy rápido pero da miedo hacerse torta en un segundo. Y se me vienen todos los logros juntos: el Guerreros que pasó sin pena ni gloria y que fue recibido con bastante desconfianza, pero fue el primero. El primer sí que tuve. Mi primer Frankestein que monstruoso y todo sigue siendo mío, sigue siendo grande y especial, y me sigue dando orgullo. Y ahora Gran Aldea, mi segundo sí. Lindo y colorido. Con sesión de fotos y todo. Compartiendo cartel con autores que admiro. Ilustrado por quien ilustró una vez a esa mujer que me animó al disparate, que sigue siendo escuela y extrañamos todos desde hace casi dos meses, dos meses dentro de seis días.  Y ese otro notición enorme que me tuvo como volando la mitad del verano, del que no puedo hablar aunque quiero gritarlo, pintarlo con resaltador. Y ahora Olivia en el manual y no en cualquier manual: el que usará J. este año, con el que aprendería a leer si es que no fuera que ya sabe leer porque el peque me salió bochito, tan inteligente es. Vértigo, carajo. Vértigo. Puro vértigo. Y qué bien se siente, a pesar del miedo.

Published in: on marzo 5, 2011 at 2:39 am  Dejar un comentario  

Miércoles 23 de febrero

Cuando era chica, como casi todas las chicas, escribía en un diario con candado. Entonces no se me ocurría ventilar mi intimidad por ahí. No como ahora, que acabo de abrir esta bitácora y que, encima, la linkeé a mi blog.  Para que la lea todo el mundo. Literalmente todo el mundo, aunque no creo que a nadie en el mundo le interese demasiado lo que yo quiera decir. Estoy tratando de escribir una biografía sobre mí. Una autobiografía, claro. No una biografía de esas que salen en los libros:  no tengo una vida tan interesante, no. Una biografía que me piden en la editorial Gran Aldea para incluir en el apéndice de un libro para niños que están por publicarme. Tiene que estar en primera persona y ser amigable para los chicos. Tengo que contar quién soy, quién fui, cómo llegué aquí en 800 caracteres. Y cuesta eso. Porque pienso en mi infancia (que ahí es donde empieza necesariamente todo) y no puedo contar mi infancia en tan pocos caracteres. El primer borrador que me salió fue este:    

Recuerdo tres momentos, repetidos incontables veces en mi infancia, que vuelven a mí mucho y seguido. El primero: mamá leyéndonos Mujercitas y yo soñando con ser Josephine March. El segundo: yo misma editando mi “Solecosas”, una revista con juegos, cuentos y poesía que copiaba especialmente para cada una de mis compañeras del colegio: era una copista, como los primeros editores de este mundo. El tercero: la abuela hablándome de Rojas, su  extrañado pueblo de la infancia. Recuerdo su voz emocionada, su mirada ausente, la tristeza alegre de sus ojos al contarme aquello, y la revelación que tuve entonces: la vida duele menos cuando podemos contarla.

Los tres momentos vuelven a mí cuando me desanimo, cuando por algún motivo me parece que yo no debería escribir. Vuelven para recodarme cuál es mi camino, cuánto quiero esto y, sobre todo, ¡cómo me gusta escribir! (más…)

Published in: on febrero 23, 2011 at 5:59 pm  Dejar un comentario